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martes, 13 de julio de 2010

Vacío II

"Me dormí con el olor del cuero impregnado en sus cabellos cosquilleándome en la nariz, abrazado a él como un crío se abraza a su hermano en una noche oscura. Su presencia siempre me ha hecho sentir seguro, creo que me recuerda a Ykrion, algo en su manera de hablar, de mirarme cuando lo hace. Sé que es sincero, puedo leer en él, no me desprecia, no me esconde nada y tampoco yo a él. Le he contado lo que sucedió con Eliannor, le he contado que fui capaz de levantarle la mano en uno de esos vergonzosos accesos en los que la ansiedad me descontrola… nunca hay reproche en sus ojos de oro líquido, él no me juzga, puedo mirarle sin culpas y sé que me escucha en la misma medida en que yo le escucho a él. No le obligué a volver de su cautiverio entre los muertos por que Elriel me lo pidiera… le obligué por que le necesitaba, le obligué por que es mi hermano aunque no compartamos la sangre que corre por nuestras venas. He derramado lágrimas en sus manos, y sus abrazos han calmado las heridas más de lo que podría hacerlo la luz. Fui egoísta, traicioné y engañé para tenerle de vuelta, lo volvería a hacer… obligarle a cumplir sus promesas.

- Todo saldrá bien… encontraremos un remedio."


Los cascos de Desidia fragmentan la tierra cuarteada y reseca. Saltan esquirlas de fuego como si la tierra se prendiera a su paso furioso. Aprieto las riendas hasta que los nudillos comienzan a doler, ahogándome en la atmósfera irrespirable de la Península. El chirriar del cuerno de guerra que es la voz del Atracador llega en ecos a los riscos áridos que bordean el camino, la tierra tiembla y hundo las espuelas en los flancos del corcel, que galopa descontrolado hacia el valle que se abre como una herida sangrante a un lado del camino. No hay oxígeno suficiente… y ahora es fuego lo que respiro, cuando el sonido atronador del galope se convierte en un chapoteo. Y el vacío comienza a prenderse, aúlla con un millón de voces, todas ellas con un aspecto de la ira en la que se transforman el hueco y los fragmentos del recuerdo que se mantienen fijos como cuchillas rotas en la carne.

"Me mira con los ojos acuosos. No entiendo por que se emociona de esta manera, yo estoy jodidamente cabreado, cabreado por que está ciego y le veo correr de frente hacia la pared contra la que piensa estrellarse. Kirathael espera al otro lado del Bancal de la Luz, mirándonos de reojo mientras hablamos entre susurros cortantes.

- Joder Theron… te prometo que no volverá a pasar. Esta vez es distinto… hemos estado hablando, ¿sabes?. Él me quiere, quiere volver… y no veo razones para seguir sufriendo por esto.

- Es tu decisión, Nym… pero te juro que…

Me abraza. Suspiro. Cuando le miro a los ojos veo condensarse las emociones en forma de lágrimas, me guardo las palabras.

- Gracias por preocuparte por mi, Theron. Pero todo irá bien. Ahora es distinto.

Kirathael se ha acercado, impaciente por la espera, solo tengo una mirada de rencor hacia él cuando me vuelvo dispuesto a irme, dejándoles a solas. No hago promesas en vano.

- Si vuelves a joderle te juro que te mataré. "

Los ojos de los demonios parpadean a mi alrededor, como luminarias contagiadas del verde enfermizo de las pozas, sus presencias se abren al paso del corcel encabritado, su relincho resuena como un chirrido en el angosto valle anegado de sangre demoníaca, las cuencas vacías del gargantuesco cadáver del que brota nos observan de lejos. Puedo respirar, el fuego me llena y estalla en mis entrañas, grito dejando salir la rabia que me mordisquea. Desidia caracolea, se levanta sobre los cuartos traseros y parece rugir, agitando las crines prendidas de llamas que se han tornado glaucas, intento detenerla pero se desprende de mi con una sacudida furiosa que me precitita hacia el barro resplandeciente. El clamor en mi interior me ensordece, amortigua el dolor de la caída que me deja hundido en el cenagal, el olor de la sangre me azota los nervios en cada bocanada y hundo las manos en el fango intentando contener la respiración. Los aullidos me golpean los oídos desde dentro, el hambre me devora y evapora los recuerdos, me desnuda sin clemencia. Las runas en mi piel se inflaman, siento como se abren nuevos símbolos como si una cuchilla precisa y al rojo las estuviera grabando en mi carne, el fuego restalla, me alimenta y me consume en un ciclo tortuoso que parece no tener fin. Todo lo que soy, todo lo que fuera comienza a perder sentido, engullido por esa rabia ansiosa, por ese hambre insatisfecha que despierta con más fuerza que nunca, que sepulta bajo la rabia la aridez de la soledad. Algo más ha muerto en ese camastro y no solo el brillo de unos ojos de oro líquido. Algo titila, débil, y se ahoga en el fuego que impregna mis lágrimas.

Recuérdame riendo.

Te quiere ,

Nym.

Vacío I

La mantícora rompe el silencio con el batir constante de las alas. El paisaje rojizo se extiende, salpicado de figuras pinchudas que caracolean de un lado a otro. Observo cada sombra con mirada ávida, esperando encontrarle enfrascado en una lucha contra uno de esos inmensos jabalíes, buscando el sustento para la base de Thrallmar donde fue destinado hace semanas. No hay ninguna presencia a parte de los animales mutados y los demonios que vagan cerca de las forjas. Mantengo el puño apretado, bullendo de inquietud por dentro, me quema el papel arrugado en la mano como si fuera brea prendida.

No tengo palabras para describir la cobardía que es, huir sin darte un ultimo abrazo…

En el campamento nunca hay silencio. Los gritos hoscos de los orcos se elevan sobre el golpeteo de los obreros que reconstruyen incansables las murallas, rugiendo las órdenes a los destacamentos que se envían a las forjas de la legión y la Ciudadela que se recorta entre la bruma abrasiva de la Península. Soldados montados en lobos cruzan las puertas, los sacerdotes se afanan en atender a los heridos que regresan de las misiones rutinarias. Busco entre ellos una mirada ámbar, un destello de cabellos como el fuego, pero no le encuentro entre ellos. La saliva se me está volviendo amarga en la boca, se me seca la garganta de ansiedad en cada paso que me separa de la posada y en la cual no le encuentro. La nota cruje en la palma de mi mano cuando cierro el puño hasta clavar las uñas en el guante.

…marcharme abrumado por el dolor, sintiendo como me sangra en el corazón el amor que siento por ti.

La posada me recibe con una bocanada de aire caliente y el olor rancio de las gachas de hojaespina con las que se alimenta a las tropas. El vocerío parece suavizar el volumen cuando varias miradas reparan en mi presencia, oigo a los orcos con claridad y no se me escapa el gesto de uno de los veteranos deteniendo al orco que se levantaba empuñando su hacha. Pinkus asiente al verme con un gesto de reconocimiento y se acerca a la mesa en la que me siento con una bayeta mugrienta incapaz de hacer otra cosa que esparcir la suciedad cuando la pasa sobre el tablero de madera.

- ¿Qué va a ser?

- Siempre haces la misma pregunta cuando solo tienes la misma bazofia que ofrecer. – Se encoge de hombros mientras miro en derredor. No le reprocho el sabor terrible de sus guisos, es un no muerto. – No vengo a tomar nada. Estoy buscando a alguien.

- ¿A quien?

- Uno de los nuevos… llegó hace poco.

- ¿Cuál de los cientos?

- Elfo, Caballero de Sangre, pelirrojo.- Va negando con la cabeza a medida que desgrano la descripción, hasta que alza las cejas al reconocer algo.- Pelo largo… responde al nombre de Nymrodel.

- ¿Pecas?.- Asiento, el tono del posadero es tan desapasionado como siempre, no importa lo terribles que sean las palabras, las descarga sin más.- Eligió venir a morirse aquí ayer.

Eres el único amigo que he tenido en mi vida, el mejor amigo que nadie hubiera podido tener.

-… que? – La silla ha caído tras de mi al ponerme en pie, ni siquiera oigo el estruendo que hace que los orcos se vuelvan hacia nosotros. Pinkus señala un jergón de paja en un extremo de la sala.

- Lo recuerdo por las pecas. Pensé que estaba borracho o intoxicado del vil, vomitó algo y no se volvió a levantar.

El jergón está vacío, revuelto. Vuelvo a mirar en derredor, los orcos me miran de reojo y hablan por lo bajo. Deben haber cometido un error, debe estar en las dunas, le habrán enviado al zepelin accidentado a por piezas para las catapultas. No está aquí… simplemente. Hace demasiado calor, y no puedo respirar.

- ¿Dónde le han llevado?

- Ni idea. Los orcos sabrán. Yo cuando un elfo la espicha aviso al capitán.

Trago saliva y tomo aire, tengo la sensación de que no me llega a los pulmones, de que no tengo nada bajo las costillas. Los ojos sin vida de Pinkus me observan un instante, se me clavan sus dedos huesudos en el brazo cuando tira de mi.

- Ven… ven muchacho. Llevaba esto consigo…- Reconozco el morral que deja sobre el mostrador, ante mi. Cojo la bolsa y la aprieto contra el pecho.- Solo he cogido lo que me debía.

He sido muy feliz contigo

Aquí no importa una muerte más, han visto cientos de vidas siendo engullidas por esta tierra requemada, nadie llora por nadie. Pinkus señala el consistorio cuando consigo preguntar de nuevo, con la rabia royéndome las entrañas a falta de otra cosa. Me arden los ojos e intento mantenerme frío, aquí nadie llora por nadie. Las voces se mezclan en el exterior, los peregrinos se reúnen en el centro del campamento, con sus togas polvorientas y las manos alzadas hacia el sacerdote que les guía, vomita sus promesas, su voz se me retuerce en el estómago con un latigazo de angustia.

- ¡El maná brota del suelo! ¡Solo tenéis que alzar las manos y tomarlo! – No le oigo, su voz se apaga.- …paraíso… no sufrir más… libres…

Algo se deshace en mi interior en cada paso, como el agua escapándose entre los dedos, o la sangre de una herida demasiado profunda, una herida que no se ve y por la cual gotea el alma. Cada vez que exhalo este aire pegajoso pierdo algo de mi mismo que soy incapaz de contener. Me arden los ojos, pero el fuego consume por dentro. Conozco al elfo que me está hablando, apenas le oigo, estoy concentrado intentando no ahogarme, seguir respirando, recordar como se camina:

- Siempre es duro perder a los jóvenes… - Me ha puesto la mano en el hombro, tiene canas, y la mirada triste, pero no sé que dice.- …en Lunargenta… hace poco que fue ascendido… lo siento de veras.

No veo. No escucho. No siento. Los soldados me apartan a empellones en la salida, el aire en la base no es suficiente, tengo la sensación de arrastrarme bajo el lodo, de estar respirándolo, repta frío y sin vida en mi interior, llenando un hueco doloroso y demasiado profundo que se traga el llanto y las lágrimas que me niego a derramar.

Me diste una vida que no me merecí, y que he desaprovechado amando a quien no debí y que hoy me ha vuelto a matar.

Algo está muriéndose en ese hueco, algo tiene hambre y sed y grita con voz muda, los jirones de un tapiz irreconocible, mancillado y ensuciado por las manos que lo bordasen. No queda nada, solo un hueco que aúlla de hambre.

miércoles, 7 de julio de 2010

La Espiral Descendente: Gratitud III

- Mostrándoos lo que he aprendido… maestro.

Mi voz se ha vuelto sibilina. Tal vez ha sido el estremecimiento de ver el repentino terror en sus ojos, cuando sus manos se engarrotan y se arquea en una convulsión tras recibir el beso envenenado. Sonrío, y me deleito en un su sufrimiento un instante. La súcubo de alas violáceas ha intentado saltar hacia nosotros, el restallido del látigo de Vilanda la ha detenido… pero no estoy prestándole atención a ellas, sé que mi súcubo es capaz de controlar la situación ahí detrás. Estoy apretando demasiado la mano que aun sostengo, mientras busco la daga demudando la expresión en una máscara cruel… el fuego comienza a arder mientras se libera… se extiende por mis venas.

-… lo supe… desde que entraste.- Se esfuerza en hablar, entre jadeos, luchando por respirar.- Piénsalo… ¿Y si… la maldición… no desaparece nunca?

Ladeo la cabeza, le observo con los ojos imbuidos de un brillo furioso, como un depredador al que un movimiento ha llamado la atención, y salto sobre él, sentándome a horcajadas sobre sus piernas, apretando las rodillas contra los muslos del orco. Hago pendular la daga ante sus ojos.

- No le escuches.- La voz de Suzanne suena cargada de veneno, a mis espaldas.- Mátalo. Es un hilo del conjuro, sin él se debilitará.

- ¿Crees que el hecho de que vivas o mueras podría cambiar eso?- Ignoro la voz de Suzanne, quiero disfrutar con esto. Las venas se dibujan bajo la piel de su rostro, oscuras como la sombra que está corroyéndole las entrañas.

- Tal vez… sé cosas que… tu no sabes…

- No me importa… maestro.- Enfatizo la última palabra, cargándola de veneno mientras le agarro del mentón. Él aprieta los dientes con fuerza, poniendo la mirada en blanco un instante. – Intentaste manipularme… esa lengua casi hace que me postre a tus pies como el resto de tus estúpidos seguidores. Abre la boca.

- ¿Cuántas… veces te has sentido… parte de algo?.- Es admirable su esfuerzo, la agonía es intensa, noto su tensión debajo de mi, está temblando, contrayéndose.- ¿Cuántas veces… han intentado ayudarte? Dime si… cuanto estuviste aquí… no te sentiste tu mismo. – Un hilillo negro resbala entre sus labios.- Y dime… si fui yo o… fuiste… tú.

- Mátalo… ¡Mátalo!

-¡Abre la boca!- Convulsiona, un borbotón de ese líquido negro vuelve a surgir. Le abro la boca en un movimiento violento y tiro de su lengua, posando el filo de la daga sobre ella. Sigue convulsionando mientras cerceno, cerca de la muerte, no se si es consciente, tampoco me importa, no voy a dejarle ir tan fácilmente. – Vas a tener mucho tiempo para pensar en esto.

- No tengas piedad de él.- Suzanne me pasa un brazo alrededor de la cintura y apoya el mentón en mi hombro, observando al orco mientras me susurra.- Le he visto sacrificar niños. Descuartizar a criaturas inocentes, arrancar fetos de los vientres de sus madres para sus rituales. Haz que le duela… todo será poco.

- La muerte no es suficiente… maestro. Veremos si aun te queda un resquicio de alma.

He amputado su lengua venenosa, me desharé de ella como es debido, pero esto no es suficiente, su vida se apaga ante nuestros ojos, entre estertores y gruñidos ahogados en su propia sangre infectada por la maldición. Coloco las manos en su pecho y musito, el orco parece recuperar un atisbo de conciencia al reconocer las palabras del hechizo, y grita en un gorgoteo sanguinolento, incapaz de resistirse. Creo que estoy excitado, la sombra crepita en la punta de mis dedos, se cristaliza en la palma de mis manos, atrapando su esencia, su alma corrupta y miserable.

- Primero él… luego los demás.

La pálida súcubo del brujo aparece arrastrándose de detrás de un biombo, ensangrentada, grita en infernal intentando detener el ataque, cuando la pezuña de Vilanda se estrella en su cabeza y la aplasta contra el suelo, mirándome después, satisfecha. Dejo escapar un jadeo y aprieto los dientes cuando el cuerpo del orco se queda rígido debajo de mi y la piedra de alma arde al contacto, con el brillo furioso de una consciencia atrapada.

-Alguien debió haberlo hecho hace tiempo… haces justicia. –Me llevo el filo de la daga a la boca, lamiéndolo con un gesto que roza la lujuria. Las manos de Suzanne me recorren el pecho, que se agita con la respiración desbocada. Me siento henchido de una fuerza que no creía poseer, que muerde en las venas y se revuelve en mi interior con el latigueo de una serpiente. No es suficiente.- Solo has empezado… ahí afuera hay un hormiguero… esperando a ser aplastado… mátalos… limpia este veneno… hazles saber lo insignificantes que son… ¡Hazlo!

Me vuelvo y la agarro con fuerza mientras hundo la lengua impregnada de sangre en su boca, me enredo en ella unos instantes, sintiendo la fiebre aumentar y amenazar con consumirme. Están golpeando la puerta, la oigo crujir y ceder y entonces los gritos de los acólitos, las maldiciones en eredun de los demonios. Suelto a la elfa, y basta un deseo para que el fuego que se revuelve en mis entrañas sea liberado con toda la fuerza de su rabia. Pronto está lamiendo el mobiliario y alcanzando togas y carne. Vilanda patea el suelo y se lanza al ataque a latigazos y coces de sus poderosas piernas. No nos van a detener, no pueden detenernos, no ahora que la sombra silba a mi alrededor, no me hiere, me alimenta, su mordisco frío se acumula en mi interior, y es escupido de vuelta con una virulencia implacable, reventando en el interior de los acólitos que nos salen al paso mientras ascendemos sin detenernos, a golpe de látigo, fuego y sombras.

Cuando alcanzamos el piso superior la sangre ya impregna mi toga, gotea desde la daga que sigue hambrienta y cuando Vilanda abre la puerta de una de las salas de una coz, me tomo unos segundos para relajarme y quedarme con los matices de la mirada de la orca que se vuelve sobresaltada y nos mira con un repentino terror brillándole en los hermosos ojos. Es hermosa, si, y está semidesnuda, su piel resplandece en un tono glauco, sudorosa, y las manos de los orcos que la flanquean han quedado petrificadas en su cuerpo unos instantes, antes de que su intento de huida se vea cortado por Vilanda, les oigo gritar a mis espaldas mientras me acerco a la orca que se pone en pie precipitadamente.

- ¿Nos esperabas?

- N… por favor…- Gime, y cae de rodillas. Me acerco, jugueteando con la daga manchada entre las manos, mi voz es un susurro casi dulce.

- No tengas miedo. Venimos a liberarte.

- Tu eres uno de nosotros… quédate… podrías guiarnos… podrías… juntos podríamos hacer tantas cosas…

- Que estupenda idea…- Murmuro, arrodillándome ante ella y tomando sus cabellos, agarrándolos con suavidad en su nuca. Sus labios son apetitosos, los olfateo, acercándome a su boca al hablar.- Llevar a la Legión a la victoria…

- Acéptanos… sé nuestro Maestro… – Cierra los ojos con fuerza y se aferra a mi túnica, cerrando los puños.- Guíanos… te has mostrado merecedor…

- Aun soy dueño de mi alma.

La sangre resbala desde su boca cuando hundo la daga en su estómago. Recuerdo el proceder, y doy un tirón hacia arriba, provocándole un grito que se ahoga en el gorgoteo de la sangre que mana entre sus labios. Suzanne se arrodilla a mi lado, su mirada vuelve a estar transida, se abalanza sobre la orca y pega los labios a su boca aun caliente, oigo el ruido de la deglución cuando traga la sangre con un gesto abandonado y hambriento. Le aparto el pelo del rostro, y la observo unos instantes antes de que deje caer el cuerpo y sea yo el que me abalance sobre ella.

El aroma de la sangre y la carne quemada atiborra el ambiente. Aun no hemos terminado… aun tenemos que festejar, sellar los rituales como es merecido, conduciéndonos a la cresta de la ola hasta perder el sentido. Mi maestro merece que le honremos como es debido… le siento revolverse atrapado en las sombras, seguro que es de puro goce.

La Espiral Descendente: Gratitud II

- Esos elfos se sorprenderán con la llegada de la primera lluvia.

Reconozco esa voz. El orco ha salido de la oquedad tras la catarata. Seguido de una súcubo de alas violaceas y piel blanca, y se ha puesto a hablar con la matrona.

- Luego arreglaremos eso…- Respondo a la orca, con el mismo tono lascivo y una sonrisa cargada de promesas. – Primero tengo que hablar con el maestro. Espéranos.

- Claro. Intenta no desmayarte por el camino. – Se da la vuelta con una carcajada y no tarda en desaparecer por el túnel de acceso a la caverna.

Hago un gesto a Vilanda, que nos sigue hasta que nos detenemos tras el orco. Se me da bien aparentar sumisión, por eso espero a que vuelva su atención hacia mi con la mirada baja y las manos cruzadas bajo las mangas de la túnica. La matrona se nos ha quedado mirando.

- Vaya. Saludos muchacho.- Sonríe con un gesto afable, con ese aspecto de viejo sabio. Sus ojos azules me observan casi con alegría. – Hacía tiempo que esperábamos tu visita… y curiosa compañía traes.

Extiende la mano y acaricia los bucles rojizos de Suzanne, sonriendo esta vez con malicia y un aire de complacencia. La matrona sigue observando a Vilanda, oigo su siseo a mis espaldas, y me tenso imperceptiblemente cuando la matrona retrocede amedrentada, intuyendo lo que tiene ante ella. El orco no parece haberse percatado, pues sigue prestando atención a Suzanne.

- Gatita, lo haces todo tan bien. – Sonríe y vuelve la mirada hacia mi. – ¿Te trajo Suzanne los libros que le di?

Asiento. La pálida súcubo del brujo se acerca a él y le agarra del brazo intentando llamar su atención, pero la aparta de un manotazo:

- No te pongas pesada. El joven Nar’shin y yo tenemos asuntos que tratar.- Se acerca y me agarra del brazo. – Ven, demos un paseo.

La matrona queda en la caverna, observándonos con un brillo de desconfianza mientras nos adentramos tras la cascada, seguidos por su súcubo, Vilanda y Suzanne. Como siempre la presencia del orco resulta engañosamente tranquilizadora, como la de un padre que solo tiene buenos consejos para un hijo perdido:

- ¿Qué tal ha ido?
- Nada mal, maestro. Nada mal desde que me di cuenta de algunas cosas… y sé que irán a mejor. – Mantengo la mirada baja, la actitud de respeto de un aprendiz o un iniciado. – He estado pensando en vuestras palabras, he pensado mucho en ellas.
- Vaya, eso es estupendo, chico.- Me sonríe, y habla con ese suave tono de voz, casi empalagoso.- He estado investigando sobre lo tuyo, y creo que he encontrado algo.
- No teníais por qué molestaros. Fue un error mío.
- Bah. – Me palmea la espalda y niega con la cabeza.- Por cierto, ¿te fueron de utilidad los libros?
- Sin duda… fueron decisivos, maestro. Demostrasteis ser hombre de palabra.

El pasillo desciende en espiral y las teas crepitan, iluminando nuestro paso a intervalos. Oigo el repiquetear de las pezuñas a nuestras espaldas. Vilanda está en tensión, en guardia.

- Deberías venir más por aquí.

Cuando al fin llegamos a la acogedora habitación de muebles de caoba y hogar encendido que recuerdo de mi última visita me permito relajarme un poco al comprobar que el orco no tiene visita hoy. Y sonrío camuflando mi complacencia con un gesto de humildad al sentarme en el sillón que me ofrece antes de ocupar su lugar ante el fuego crepitante.

- Háblame sobre lo que has aprendido estos meses.
- Algo fundamental para alcanzar el verdadero poder… maestro. He aprendido a valorar lo que soy, y lo que podría llegar a ser.

Suzanne se sienta a mis pies, con las rodillas juntas, acomodándose y apoyando la mejilla en mi rodilla, con un gesto felino y mimoso.

- Me alegra oír eso. El camino de la negación es el camino a la propia destrucción.
- Sois sabio.- Hablo mientras acaricio distraídamente el pelo de Suzanne, que frota su mejilla contra mi mano.- Vos me hicisteis ver eso.
- ¿Si?…vaya, solo siento que tu instructor no te hiciese partícipe de eso mismo.
- Mi maestro no supo instruirme como es debido, me temo. – Siento el tacto húmedo de la lengua de Suzanne recorrerme los dedos. El fuego arde dentro, he de ahogar un estremecimiento.- Alguien que alberga dudas no puede transitar el camino del poder… eso me ha hecho perder mucho tiempo.
- Les pasa a muchos.
- Habéis dicho que disteis con la solución…
- Ah, si, es sencillo, pero necesitaré que me ayudes… haremos un mannequin y con algunos componentes confío en que podrá revertirse.

Se acomoda en su asiento y enlaza las manos. Suzanne ha fijado su mirada en mi, penetrante, en estos instantes ni siquiera me fijo en la verticalidad que han adoptado sus pupilas, solo noto el roce de su lengua en mi pulgar cuando se lo mete en la boca. Asiento imperceptiblemente y vuelvo la mirada al brujo.

- Creo… que se como agradecer todo lo que habéis hecho por mi… maestro.

Aparto a Suzanne con un suave gesto y me acerco al orco, ahora sí fijo la mirada en sus ojos, y sé que está viendo prenderse la incandescencia en ella, el fuego arde dentro y sé que debo estar mirándole con una expresión ansiosa, casi arrebatada mientras me arrodillo entre sus piernas y tomo su mano con delicadeza.

-…y… ¿como piensas hacerlo, joven elfo? – Estrecha los ojos, hablando con su voz suave, mientras rozo la piel áspera de su mano con los labios.

La Espiral Descendente: Gratitud I

El ambiente se condesa en la húmeda caverna. Una cascada vierte sus aguas frías en un pequeño estanque que se hunde en el suelo rocoso, su murmullo se entremezcla con los cánticos que se repiten una y otra vez, palabras a media voz, surgidas de gargantas transidas que comienzan a sumergirse en un extraño e inevitable trance. Suzanne ha dejado caer su túnica y responde sumisa a mi tirón cuando la obligo a arrodillarse en el círculo ritual. Su cintura se ve comprimida a un límite que debe resultar doloroso por un corsé de rígida piel oscura, su cabello se desparrama en una cascada de bucles de fuego cuando se inclina y ajusto la mordaza en sus labios. Vilanda permanece apartada, vigilante y ansiosa por participar en un ritual del que la he excluido, puedo sentir su descontento y su excitación cuando el sátiro me tiende la fusta para que pueda unirme al círculo como es debido. El demonio parece supervisar el rito con la compañía de una matrona súcubo de piel purpúrea, que se pasea con la mirada complacida y ardiente, relamiéndose.

No he pasado por alto la figura que se adivina tras la cascada, oculta en la oquedad que se abre tras esta, mientras descargo el primer golpe en la espalda de la elfa, que se contrae y muerde la mordaza en silencio. Mis sentidos están dispersos aunque la letanía luche por tirar de mi voluntad hacia el ritual. El círculo es amplio y las runas dibujadas en el suelo hablan de maldiciones, infertilidad y tormentas, son una mácula sobre la tierra que los brujos alimentan con su particular sacrificio de sangre y dolor. Castigan a sus siervos, que arrodillados en una actitud de sumisión y éxtasis, brindan su tributo y alimentan las fuerzas que comienzan a despertar. Lo siento con cada golpe, cada chasquido y cada gemido despierta un estremecimiento en las entrañas, el poder que crepita y responde a la voluntad, voluntad que se somete a la función del círculo. Todo conforma una extraña canción que lame desde dentro y se retuerce en un intento por seducirme, y la lengua que la desglosa se desliza bajo mi piel y se escurre hacia mi sangre. Me siento arder, el fuego se acumula en mi estómago deseando ser liberado, me cosquillean los dedos y descargo los golpes con mayor ímpetu, dejándome arrastrar por lo que las sombras provocan en mi… las abrazo, las llamo y las encierro dentro de mi para que alimenten el fuego. La contención me hará fuerte, alimentará la furia cuando deba ser liberada.

Las pezuñas de la matrona repiquetean en el suelo cuando se mueve alrededor del círculo. A través de las brumas ardientes soy consciente de todo, y la veo acercarse a uno de los siervos, un elfo con la espalda en carne viva y maniatado, con la expresión ausente del trance en el rostro al que toma de los cabellos obliga a enterrar la cara entre sus piernas. Un sonido gutural surge de la garganta del demonio que arquea la espalda y extiende las alas membranosas. Vilanda se revuelve a mis espaldas, la oigo murmurar:

- ¿Puedo hacerlo yo también? – Pide con voz melosa, a lo que respondo con un gruñido antes de descargar un nuevo golpe sobre Suzanne, cuya piel se ha perlado de sudor y ya comienza a sangrar. La oigo chasquear la lengua y apartarse y la siento estremecerse de deseo cuando el gorgoteo de la sangre surge de la garganta del elfo, que atravesada por la daga de la matrona derrama el cálido y rojizo líquido sobre el ávido sexo del demonio, que una vez superado el culmen de su éxtasis suelta el cadáver sobre el círculo de runas. También el ritual está alcanzando el clímax, las voces han acelerado los cánticos, aquellos que permanecen de rodillas y reciben los inclementes golpes dejan caer las cabezas hacia adelante y se tensan, los sellos alimentados por la sangre fulguran sobre la roca y la energía se arremolina a través de nosotros. No puedo evitar que arrastre algo de mi furia… pero la mantengo dentro, atada e incombustible mientras me dejo caer de rodillas, resollando… ni lejanamente agotado. El pelo se me pega a la cara y me oculta el rostro, observo a Suzanne con una punzada de preocupación, deslizando una piedra de salud al posar una mano sobre su mano. Le arranco la mordaza y su resuello acelerado casi se rompe en gemidos. Mantenía los ojos cerrados con fuerza, y al abrirlos veo la excitación brillar con fuerza en el fondo de una mirada de pupilas dilatadas.

- Suzanne

Intento apremiarla a reaccionar cuando se acerca a nosotros una de las brujas que mantenía el círculo. Una orca de sugerente anatomía y mirada rasgada. Me pongo en pie, agarrando a Suzanne del brazo y obligándola a incorporarse conmigo.

- Te recordamos…- Me dice casi en un susurro, deslizando un dedo por la correa del corsé que comprime el sexo de Suzanne, mientras me mira.- Tu eres quien abrió el vial… la última vez.

- No yerras. – Sonrío con un aire de orgullo. El fuego se comprime en mis entrañas.

- Tu puta se ha mojado tanto que podría ahogarse.- Su tono de voz suena lúbrico mientras aparta la mano del cuerpo de la elfa, que sigue resollando, apoyándose contra mi. – Subid conmigo a la planta superior… podemos pasar un buen rato los tres.

La Espiral Descendente: Solsticio III

Seguimos ascendiendo. No ha apartado su mano firme de mi hombro, he desistido de intentar atisbar al brujo que nos sigue, no ha vuelto a abrir la boca. La salmodia se ha intensificado, las voces suenan más claras a medida que avanzamos, resbaladizas, encajan unas con otras hasta convertirse en una sola… profunda y extraña, susurrante… es una lengua húmeda que intenta acariciar mi psique. El brujo me zarandea con suavidad, su risa suave es un murmullo que se pierde entre los cánticos.

- ¡Relájate, caramba!. Estás más tenso que la cuerda de un arco.- Le miro, tiene razón, no consigo controlarme, no consigo actuar, he bajado la guardia… ¿realmente había necesidad…?. Su voz se torna calmada, refleja los años en caminos tortuosos, la sabiduría que esconden las sombras… los recovecos dolorosos de caminos que pocos pueden transitar. – Creeme, yo te entiendo. No es fácil ser lo que somos… todos hemos pasado por periodos de rechazo, puede llevar años, hay quien no lo supera. El camino por el infierno persigue un fin, cada individuo conoce las razones en el fondo de su ser… y las críticas, las culpas, no son más que la hipocresía de un mundo que envidia la capacidad de tomar decisiones y de ignorar las voces de mando que los llevan por donde solo unos pocos deciden.

Relajo los puños. Los muros han dejado de constreñirme, el aroma del incienso y la sangre relaja mis crispados nervios… el ambiente es húmedo y cálido, el peso de la mano del brujo sobre mi hombro invitador y amable. Mi corazón late rítmico, algo en mi garganta afloja la fuerza con la que apretaba. Le escucho… le estoy escuchando, y sé que todo es un espejismo, y que tengo que actuar, y cuando sonrío me convenzo a mi mismo de que finjo, de que el cántico me afecta.

- Sé lo que piensas…

No, no lo sabes… no puedes saberlo. Os odio… no soy como vosotros… no soy…

- No es camino para aquellos incapaces de decidir. No es camino para los débiles, ni para aquellos que carecen de razones para luchar. – Me mira, con los ojos límpidos, azules, sinceros, es como si extendiese la mano, y mi estremecido silencio es semejante a aceptarla, sé como me ve, sé qué está viendo… y no puedo permitirlo.- …y es duro andarlo solo.

Las negras túnicas se abren a nuestro paso. Hemos llegado al pozo, oigo los gemidos ahogados de la ninfa… suenan tan dulces. Me invade una sensación de seguridad, aun con las miradas que se posan sobre nosotros, desnudándome hasta el hueso… no me importa, sé lo que ven. La doncella de Cenarios pende de las cadenas, las runas son heridas abiertas que la laceran hasta el límite de la inconsciencia, el Sátiro bufa a su lado, excitado por el olor de la sangre. Su sangre…

- Su sangre es poderosa. – Susurra en mi oido el orco, y no puedo apartar la mirada del cuerpo de la doncella.- Capaz de iluminar el Solsticio. Todos saldremos de aquí más fuertes de lo que eramos. – Veo su gesto por el rabillo del ojo, llama al Sátiro, que se acerca con la daga en la mano.- Déjale a él…- Le dice.- Tiene que aprender algo.

Y me vuelvo, sorprendido, negándome una y otra vez el deseo que está inundándome, presa de un leve temblor. Intento decirle que no, pero no me responde la voz cuando coloca la daga en mi mano, y me empuja con la suavidad con la que un leon empujaría a una cría hacia su presa moribunda. Sé lo que esperan… sé lo que quieren.

Está sufriendo… no hay otro camino… si lo rechazo me descubriré… lo sabrán. Yo no soy como ellos

Me arden los ojos, se me enturbia la visión al posar la mirada en la ninfa y me acerco, mis pasos reprimiendo premura alguna… no estoy ansioso, no puedo estarlo, son sus miradas las que me ponen nervioso. La criatura alza la cabeza al escuchar mis pasos, y miro a la concurrencia, sintiendo un extraño e íntimo orgullo… sé lo que esperan, sé lo que quieren. Acaricio la hiedra que forma sus cabellos, las cuencas vacías de sus ojos sangran, sus labios cuarteados susurran algo que no soy capaz de entender, sé que me suplica, sé que estoy sonriendo… que estoy excitado. Tiro de sus cabellos, obligándola a descubrir la gárganta, y sus gemidos se unen al mantra, alimentan el cruel deseo que se desepereza en mi interior, hambriento. Algo queda enmudecido, solo puedo oir el cántico, el círculo se cierra, me abandono a las sílabas que ya han dejado de tener sentido, solo es una pulsación, una energía conformada por la confluencia de muchas voluntades. Hay un hilo conductor que nos une a todos, soy capaz de ver la energía, fluyendo como un torrente desde ella… y entiendo, los ciclos, las estaciones… todo… está en el pulso de la magia que contiene la criatura.
Ya no tiembla la hoja en mi mano. Afianzo sus cabellos con fuerza, no hay pensamientos, solo energía, solo el canto desbocado y el deseo de todos, convertido en uno, mi deseo. La daga se clava en su garganta, y rujo, con una voz que no es mía, que es primitiva y feral, rujo mientras tiro con fuerza, abriendo piel y órganos hasta su ombligo, liberando la potente energía, cerrando el círculo del ritual.

Es tan fácil…

Es tan sencillo…

El Solsticio está completo… y yo también. Me he perdido en la vorágine de la energía, no me consume… me da vida, me despoja de toda debilidad, me despoja de pensamientos y dolor, me deja desnudo, riendo… riendo, estoy riendo, como un niño. Pasa a través de mi y se extiende por el círculo. No estoy solo.

- Cuanto has tardado. – Bajo la mirada, la Lilim me observa con sus grandes ojos, con un mohin de protesta, y me agarra la mano que aun sostiene la daga ensangrentada. Me arrodillo, y acerco la mano ensangrentada a su rostro. Me estremezco cuando la punta de su lengua rosada roza mis dedos, tiñéndose de rojo. No sé porque, pero se que el Brujo sonríe a mis espaldas… pero estoy demasiado excitado para darle importancia. Vilanda me observa alarmada… no sabe que soy capaz, puedo subyugarla… y debo hacerlo, debe ser mia. Me llevo la daga a la boca, lamo el filo paladeando la sangre, sin apartar los ojos de los del demonio, siento su aura, poderosa, ardiente, envolviéndome. Los cánticos se han acallado, oigo el sonido pesado de las túnicas al caer, revelando los cuerpos dispares que no diferencian sexo, raza ni edad, se agrupan, se dejan llevar por el torrente que ha liberado el ritual, por el fuego ansioso que ha despertado la energía. Pero ella es mía.

- Creo que deberias pararla.- No les escucho…

- Eres un aguafiestas. – Risas.- Déjala un poco más, creo que le ha gustado.

Mi cuerpo reacciona con violencia, me duele la repentina erección, mi sangre pulsa con fuerza… me enloquece. No hay nada más, nada más que su menudo cuerpo ante mi, y su abrasadora mirada. Mia… ella es mia. Y la agarro con fuerza, soltando la daga, cayendo sobre ella como un felino sobre una gacela, apretando con fuerza las frágiles muñecas contra la piedra fria del suelo.

- Hazme caso… el chaval está un poco verde aun, de hecho, se ha vuelto más poderoso de lo que creo piensa que es.

Y duele, su presencia es como un agujero negro. Mi deseo una urgencia, una necesidad vital… creo que voy a morir… mi corazón late demasiado deprisa, se me nubla la vista de una bruma roja y paladeo el sabor metálico de la sangre en mi boca. Necesito devorarla, necesito tomarla, usarla, necesito penetrarla para encontrar la maldita paz… para que la galopante ansiedad deje de doler como las brasas en mi piel. No puedo respirar…

- Nack Nadrien ¡Danu!

Su presencia se encoje debajo de mi, gruñe. La aprieto contra el suelo mientras intento deshacerme de mis ropajes.

- Obedece ¡ahora!

Y parpadea… desaparece, y me encuentro boqueando con las manos apoyadas en el suelo, incapaz de levantarme, con el cuerpo contraido y el mundo girando vertiginosamente a mi alrededor. El aire pasa en un hilillo hacia mis pulmones, se me aclara la vista.

- Hay que ver como eres… aun tiene que crecer, dale un poco de tiempo. – Oigo al orco. Se acerca a mi y me ayuda a incorporarme, su presencia me resulta tranquilizadora, su brazo me ase con firmeza por la cintura. – Vamos a celebrarlo con algo menos peligroso, chico.

- Sácame… de aqui.- Acierto a susurrar, aun falto de aire, aun estremeciéndome por los coletazos del deseo y el dolor. El orco asiente, y me conduce hasta la salida, hablándome con esa voz tranquilizadora. Me cuelgo de el, practicamente, presa de una dulce debilidad. El aire del exterior me llega con una sensación de alivio instantanea, lo respiro a bocanadas, me atraganto con él, me purifico del humo condensado de sangre y hierbas. El frio va secando la sangre en mis manos, en mi rostro. Algunas figuras salen de la cueva para perderse por el bosque, como sombras furtivas que juegan entre si… juraría haber visto un rostro encendido por una llamarada roja de cabello… familiar. Me dejo caer, sentandome en una de las columnas vencidas por el tiempo.

- Yo no venía por esto… – Susurro, y mi voz se me antoja hueca. El orco me mira y sonrie.

- No me des las gracias

Vilanda se sienta a mi lado, me obliga a reposar la cabeza sobre su pecho, cobijándome en su engañosa aura protectora, noto su respiración agitada, y la humedad de su lengua en mi mejilla cuando se inclina para lamer la sangre de mi rostro.

- Pensaré en eso. ¿Estás seguro de que no quieres volver a la fiesta?.- Me dice con acento invitador… quiero dormir, es lo único que quiero, Y niego con la cabeza en un gesto torvo.- Está bien… espero que vuelvas pronto, chico, tendré la solución.

Y asiento, no puedo hablar. Le veo alejarse con las manos enlazadas bajo las mangas de la túnica, volver hacia la oquedad oscura que es la entrada al nido. Ya escucho los cascos de Malsueño en la lejanía, sin ser consciente de haberle llamado. Vilanda me ayuda a levantarme… me ayuda a montar sobre la pesadilla. Dirijo una última mirada al umbral de Jaedenar… nada ha salido como esperaba.

Y no me importa lo más mínimo

La Espiral Descendente: Solsticio II

La caverna se ensancha… hemos llegado al primer pozo de sacrificios, nos abrimos paso entre la multitud de túnicas, respirando el ambiente cargado del olor del incienso y la sangre, y me detengo al escuchar el gemido quejumbroso del sacrficio de Solsticio, una Ninfa lacerada, anclada al suelo por sus pezuñas, maniatada. El sátiro que oficia el ritual graba con dedicación las runas sobre su piel, ignorando los gritos de la criatura que se arquea entre las cadenas incapaz de escapar. Me obligo a apartar la mirada, los cánticos me martillean las sienes, los gemidos de la ninfa parecen unirse a la salmodia… casi suena armonioso, casi suena dulce. Vilanda tira de mi, hacia el corredor que desciende hacia el resto de cuevas, me pongo en marcha de nuevo, dejando atrás la sala atestada y el influjo del ritual.

Sé donde está, será fácil, obtendremos lo que quiero, nos marcharemos sin levantar revuelo… devolveré las cosas a su lugar, como siempre debieron estar, nadie sabrá nada. Será fácil

Giro un recodo, y casi me doy de bruces con la figura imponente de una súcubo de piel purpurea, la recuerdo bien, pertenece al orco al que busco. Me mira con curiosidad y aletea suavemente, esbozando una sonrisa taimada. Me estremezco al atisbar a su espalda a la Lilim, que fija su mirada de perturbadora inocencia en mi.

- Te vas a perder el ritual.- Sisea la súcubo.

- Necesito hablar con tu señor.- Contesto, apartando la mirada de la niña, intentando sonar firme. El demonio frunce el ceño, su trenzado cabello devuelve destellos azules, profundos.

- Mi señor está reunido… ¿que quieres, elfo?

- Eso son asuntos que solo nos conciernen a tu amo y a mi, demonio.- Replico, endureciendo la mirada. Pero casi se me corta la respiración al escuchar la vocecilla cristalina, y ver el rostro que se asoma desde detrás de la súcubo, fijando las ascuas de sus ojos en los mios. Su presencia eclipsa a las de las súcubos, por un momento olvido para que he venido.

- ¿Eres un elfo?

Asiento. Tengo la boca seca. Un escalofrío me recorre la espalda.

- Llévale, Lavinia. Me gusta. – Y su sonrisa se ensancha, terrorífica, sin un atisbo de humanidad o candidez en ella… y sin embargo resulta perturbadoramente apetecible en su espejismo de falsa pureza. ¿Que clase de brujo puede mantener bajo su control a tal ser…?. Rie, y sé que sabe lo que estoy pensando. – ¿Vamos, elfo?

Me siento aliviado cuando rompe el contacto visual y nos abre el camino hacia la cámara. Pero no puedo dejar de observarla, el contoneo gracioso al andar, los pies descalzos, gráciles sobre la roca fria, parece deslizarse como una bailarina irreal. Vilanda se agita tras de mi, nerviosa, amedrentada. La súcubo de piel purpurea desaparece tras una puerta labrada de ébano, y vuelvo a sentir el peso de esa mirada arrebatadora sobre mi.

-¿Como te llamas?.- Pregunta con naturalidad.

- Nar…. Nar’shin.- Respondo, en un murmullo entrecortado. Ella me mira la muñeca lacerada.

- ¿No te gusta el ritual, Nar’shin? – Me doy cuenta de que me cuesta hablar… es su olor, femenino, almizclado… primitivo

- A veces… hay cosas que se interponen a nuestros deseos. – Musito. Y agradezco el chirrido de la puerta al abrirse, que me hace volver los sentidos a la súcubo que nos franquea el paso a la estancia. Tomo aire.

Una sala nos acoge con un aire de normalidad que resulta perturbador. El hogar arde invitando a tomar asiento en los tapizados sillones, una luz tenue y agradable inunda la estancia desde los candelabros, tapices visten las paredes… como en la casa de cualquier noble. Ese aire acogedor me resulta extraño. Reconozco a una de las dos figuras que se sientan frente al hogar, una es el orco, aquel al que he venido a buscar, la otra mantiene su rostro vuelto hacia el fuego, y solo veo un perfil de facciones suaves, y las afiladas orejas propias de un Sin’dorei. El orco avanza hacia mi, cubriendo la imagen de su invitado.

- Vaya… me alegro de que hayas vuelto. – ¿Donde me he metido? – ¿No asistes al ritual?

- Espero no haber interrumpido nada importante.- Comienzo. La presencia del elfo me altera, cambia todos los planes.- Necesitaba hablar con vos…

- En absoluto, solo charlábamos.- Me mira y sonríe, cordial, afable, y me dedica un gesto invitador hacia una de las altas sillas de la estancia.- Toma asiento y cuéntame que puedo hacer por ti.

Su otra súcubo asoma por detrás de un biombo, se pasea por la estancia con andares indolentes. No tengo posibilidades… pero necesito resultados… los necesito.

- ¿Recordais el motivo por el que acudí a vos?. – Asiente y sonríe, se dibujan unas arrugas afables alrededor de sus ojos, hay algo en esa sonrisa que calma mi ansiedad.- Los… resultados no fueron satisfactorios.

- Hm… ¿si?. No me digas…- Me mira, preocupado, su tono de voz empalagado de esa preocupación. – Dime que ocurrió, si eres tan amable.- Dirige una fugaz mirada a la súcubo de cabello azulado.-Oh, Lavinia, sírvele un poco de vino a mi invitado, afuera hace frio.

Me siento abrumado. Acepto la copa que me tiende el demonio. Los pensamientos fluyen sin sentido por mi mente.

- Yo os pedí… algo que consideré inofensivo para la integridad física de la víctima.

Por el rabillo del ojo veo a la Lilim, sentarse a los pies de la butaca del extraño, una mano enguantada le acaricia los rizos dorados, y esta entrecierra los ojos satisfecha. No puedo evitar pasear la mirada entre ellos y el orco, inquieto.

- ¡Hay que ver, muchacho!… ¿Desde cuando una maldición es inofensiva para la integridad física de nadie?

- Solo quería una maldición de esterilidad…- Trato de defenderme, a pesar de sentir el peso de la vergüenza que sus palabras vierten sobre mi.

- ¿Y que pasó?

- Abortó…- Musito, impulsando las palabras a través del fuerte nudo en mi garganta. La mirada del orco es como la de un padre… y me siento como un niño estúpido, llevado por caprichos pueriles.

No… no es mi culpa… nunca le haría daño, jamás…

- ¿Y te aseguraste de que no estuviera embarazada antes de que la maldijeramos?

De estar bebiendo me hubiese atragantado. Escucho a la Lilim reirse tras el orco. Noto el sabor de la bilis en la boca reseca. Estúpido… maldito estúpido. Es el sabor de la impotencia, lo mastico con asco.

- ¿Como puedo retirarla?

- ¿Retirarla? – Asiento, no me atrevo a mirarle. Vergüenza.- No soy un mago, chico. Esas maldiciones están hechas para durar. Están hechas para que al retirarlas las consecuencias sean…

- Peores…- Termino la frase.

Les odio… les odio…

- Peores… si. Espero que no le tengas mucho aprecio a la víctima. – Sacude la cabeza, parece realmente preocupado, se lleva la mano al mentón, pensativo.- Veamos que se podría hacer… Menudo aprieto.- Vuelve la cabeza hacia el extraño del sillón.- ¿A vos se os ocurre algo?

El extraño tarda en contestar, pero se me hiela la sangre cuando al fin reconozco el acento suave del Thalassiano en su voz… y tengo la absoluta certeza de que la he escuchado antes.

- Se me ocurre que tal vez no os lo ha contado todo.

- Oh! ¡Vamos, vamos!.- Contesta, riendo, y se acerca para palmearme la espalda. – Menos mal que yo no soy un desconfiado ¿eh?. – Dice guiñandome el ojo, y su rostro se vuelve algo más serio, pero conciliador.- Mira, hagamos una cosa. Vamos al ritual, que a este paso me lo voy a perder entero, y mientras pienso en que se puede hacer. ¿Vale, chico?

Me lleva hacia la puerta. Le sigo… me siento como un niño aplastado bajo la lógica adulta. Sé que si acepto el favor será mucho peor… pero no tengo otra opción. Le sigo, perdiendo de vista al extraño elfo de la cámara. Sintiendo el brazo del orco en mi espalda, conciliador, amable, juraría que puede entenderme. Huele a limpio, a plantas y jabón. Sé que el elfo nos sigue, no puevo volver la cabeza para mirarle, el fuerte brazo del orco me rodea y solo me permite mirar hacia adelante:

- No suelo quitar lo que pongo… si me entiendes. – Dice bajando un poco la voz, su trato resulta tremendamente cercano.- Aunque harías mejor preguntándole a un mago creo que debe tener vuelta, no te preocupes.

Les veo por el rabillo del ojo al volver ligeramente la cabeza, el rostro ensombrecido por la capucha del elfo, el movimiento fluido del demonio a su lado. Oigo al orco susurrarme, cómplice, intenta mostrarse tranquilizador… y tengo la impresión de que consigue su propósito, he debido ponerme en tensión de nuevo.

- No la mires demasiado… o acabarás mal. – Dice con tono alegre, como si hablase de un perro, con una naturalidad apabullante.- Mira que le tengo dicho que con eso no se juega… pero nunca me hace caso, un día acabará mal.

- Nunca había visto una de esas..- Musito. Y le oigo reirse, es una risa clara, sin atisbo de burla o maleficencia.

- Ni las verás. Si quieres te cuento como invocar una.- Me suelta felizmente, y me esfuerzo en centrarme en lo que me trae aquí. – Umm… no, mejor esperar a que tengas tripas para oirlo, aun eres jovencito ¿eh?

La Espiran Descendente: Solsticio I

La lluvia cae pesada sobre la sedienta tierra de Frondavil. No importa cuanto se alimente de ese velo grisaceo, el agua se contamina de la atmósfera cargada, lágrimas que solo contribuyen al quebranto de la ennegrecida tierra… que se pegan a mi rostro como un sudario frío, a través del cual puedo respirar con menos dificultad. Me siento henchido… el recuerdo palpita como la sangre en mis sienes, Eliannor derrumbándose, sangrando, perdiendo la vida que había conseguido concebir entre estertores de dolor.

No fui yo, solo fue una pesadilla. La amo, más que a mi vida, jamás le haría daño… jamás. No fui yo.

Les odio. Con tanta intensidad que me es difícil controlarme cuando al fin atisbo el camino flanqueado por las ruinosas columnas, Malsueño se agita debajo de mi, furioso, y tiro de las riendas con fuerza para detener su alocada carrera… se contagia de mi ansiedad. Me llegan los cánticos amortiguados por el murmullo de la intensa lluvia. Bajo del caballo de un salto, hundiendo las botas en el fangoso camino, y este se desvanece dejando tras de si los ecos de un trote furioso y el chisporroteo del fuego que arde en sus cascos. Vilanda está conmigo… noto su respiración pausada, el olor potente que exhala su piel.. su hambre me llega, me alimenta como los vapores que exhala la tierra moribunda.

- Llegais tarde.- Los resplandecientes ojos del guardia nos escrutan, apenas levanta la voz. Puedo ver las runas que marcan su rostro de rudas facciones humanas. – Ya ha empezado.

Me calo la capucha mientras le seguimos. El mantra comienza a intensificarse a medida que nos adentramos en las ruinas. Me llega el potente olor de la cera, de las teas y los incensiarios que esparcen un aroma nárcotico, envolvente y empalagoso… que se adhiere a alguna parte del subconsciente. Estoy alerta… lucho contra los efluvios que amenazan con disipar mis pensamientos, no he ido para participar en sus aquelarres, no he venido para alimentar sus fuerzas con mi voluntad.

Les odio… les odio

En la entrada a la cueva se alza un tosco altar, sobre el cual una piedra de afilado sílex se ve tiznada de sangre. La orca que guarda la entrada me mira, su rostro marcado por una multitud de cicatrices hace apenas diferenciables sus facciones en el tenue resplandor de las teas.

- Tu sacrificio.- Murmura. Tardo en reaccionar. Nunca he asistido a los rituales del Solsticio… solo he acudido una vez a este antro, y apenas recuerdo nada entre la bruma de enajenación que me embriagaba aquella noche. – ¿Eres nuevo, no? – Farfulla ante mi tardanza, y yo sonrio con la inseguridad de un crio, siempre se me ha dado bien eso.

Me toma de la muñeca con un gesto brusco, y me acerca casi arrastrándome hasta el altar, aplicando con fuerza mi muñeca sobre el borde aserrado de la piedra. El dolor mordiente me recorre el brazo, el efecto nárcotico de las teas se disipa, el dolor me despeja, y mi sangre resbala en hilillos brillantes hacia el cuenco en la base de la piedra. Veo a Vilanda olisquearla y sonreirme, con una expresión que demanda permiso para probarla. Tiro de ella cuando la orca al fin me libera, aun sangrando, y nos adentramos juntos en el corredor que da acceso a las cuevas, ella refunfuñando con frustración, yo en un silencio sepulcral, decidido a buscar a mi presa y perder el mínimo tiempo posible en este antro.

Una figura menuda se acerca por el tunel, abandonando el lugar del que provienen las voces armoniosas del cántico. Una cascada de cabello dorado, rizado, cae devolviendo tenues reflejos del fuego de las teas… una niña… pero su mirada se levanta, se clava en mis ojos, un gélido resplandor, fantasmagórico, despierta la alarma en mi mente, y el potente deseo que estremece mis nervios al no ser capaz de apartar la mirada de su cuerpo, de las formas aun por desarrollar de su pequeño cuerpo. Miedo y fascinación. Me sonrie con dientes afilados, siento su esencia potente golpearme cuando pasa por mi lado. Maldito demonio aniñado… una Lilim, un ser inconcebiblemente poderoso y que solo implica una cosa… tenemos visita en Jaedenar, y ese pensamiento me permite distraerme en cierto punto de la excitación, y volver a controlar los latidos furiosos de mi corazón. Ella se aleja con paso despreocupado, hacia la salida. Nosotros continuamos adentrándonos, sabiendo ahora que no nos va a resultar tan fácil.