miércoles, 7 de julio de 2010

Dejarse morir

Las cosas tienen que cambiar. No cabe otra opción, no puedo seguir arrastrando este peso. Me está consumiendo… la está arrastrando.

- No habrá rituales hasta la próxima conjunción.- Torian levanta una ceja mientras extiende el saquillo.- Estoy siendo generoso, con esto me dejas sin existencias por un tiempo.

- Le he pagado para comprar cinco veces esta cantidad. Yo soy el generoso.

Chasquea la lengua. No tengo que darme la vuelta para saber que el hijo de puta está sonriendo, le he dado el gusto de atisbar la debilidad en la palidez de mi rostro, sé el aspecto que ofrezco estos días, sé que se me marcan los pómulos exageradamente, que mis ojeras asustarían a la comunidad de desdichados y que aunque intente disimularlo la fatiga se trasluce en cada paso que doy. Solo han sido tres días, sin invocaciones, sin la familiar presencia de ninguno de mis demonios, sin un maldito hechizo que calme la ansiedad, plagados de ensoñaciones, desvelos, temblores y fiebre… la jodida fiebre que me hace arrebujarme en la toga.

- Un placer hacer negocios con usted, Solámbar.

Que te jodan. Que os jodan. No voy a volver a pisar este lugar. No tardareis en venir a hacerme compañía.

Me apoyo en la balaustrada dorada del acceso al Sagrario, me aseguro de que no hay nadie en la rampa para ayudarme con ella. Siento la nausea en la garganta y una resolución que se atenaza en mis entrañas. Mientras prácticamente me arrastro hacia la posada cada paso es una razón que desequilibra la balanza a favor de la decisión que he tomado.

No cabe otra opción. No hay más salida. No soy como ellos… estoy a tiempo, aun estoy a tiempo.

El humo sabe picante, especiado. Torian prepara esta mierda para empujar al trance a los iniciados, sé cual es la dosis apropiada, soy previsor, he comprado diez veces más de lo necesario. No es la idea que tenía de una muerte digna… tampoco mi vida está siendo como yo había planeado, mis deseos eran sencillos antes de esta locura. Solo quería lo necesario, habría abandonado mi opulenta vida en Lunargenta por una casa en los bosques, cerca de la costa, un taller luminoso, una esposa cariñosa y un jodido melocotonero en el jardín, quería un jardín enorme, a Iriah le gustaban las plantas. Mi madre me hubiese odiado menos por frustrar sus planes de futuro casándome con la frutera de Brisa Dorada, me hubiese retirado la palabra, pero no hubiese caído en vergüenza ni manchado el impoluto apellido de los Solámbar. No puedo evitar reirme al imaginar la cara de Melaina cuando le digan que su hijo se ha quitado la vida como un sucio drogadicto, seguramente lo era, era un brujo, no se puede esperar nada bueno, eso pensaría, eso le dirían, y languidecería de tristeza por que no me concedió una puta oportunidad para despedirme, por que en estos años fuera tan siquiera recibí una triste carta de ella o de mi hermano.

Doy otra calada, y esta vez me sabe como un trago amargo. No he escrito ninguna nota, no he dejado ninguna señal. Eliannor me odiará por esto, pero es lo mejor para ella, es lo mejor para mi, soy el único culpable de sus desgracias, de que lleve convaleciente semanas y no pueda dejar de llorar. No soporto verla así. Me desgarra el alma, pesa demasiado, y ya me pesan demasiadas cosas. Cadenas o muerte, puñales envenenados o muerte. Pues bien, he elegido, soy un cobarde… o tal vez estoy tomando la decisión más valiente de toda mi vida. Comienzo a marearme.

- Sabía que te arrastrarías hasta aquí para ahogarte en tu autocompasión.

Levanto la cabeza. Suzanne es silenciosa, sus pasos apenas levantan un murmullo al rozar la alfombra, ni siquiera la he escuchado descorrer las cortinas. Me mira con los ojos encendidos de un brillo extraño, con la furia agazapada en el fondo.

- Eres un cobarde, joven maestro.
- Déjame en paz.- Respondo con la voz pastosa.- Lárgate de aquí y olvídame.
-¿Qué crees que vas a solucionar con esto?. No enmendarás lo que hiciste dejándote morir. Te estás condenando al no enfrentar tus errores.

Vete, joder, lárgate y déjame solo. Estoy enfrentándome a mi mismo, y he perdido. Me he juzgado y condenado. Déjame en paz.

Se acerca a mi, se arrodilla en el diván y me quita la pipa de entre los labios. Aprieto los dientes y me incorporo intentando coger la boquilla con un gesto torpe. El mundo da vueltas a mi alrededor, se me escurre el sudor por la frente e incluso sus delicadas manos son capaces de contenerme contra el respaldo.

- Toma las riendas de tu vida de una vez, Theron. – Es la primera vez que me llama por mi nombre. Sus ojos chispean, se ha sentado a horcajadas sobre mi. – No conviertas aquello que te hace fuerte en tu debilidad.

- Solo me hace daño, le hace daño a quienes me rodean. Estoy cansado. Déjame en paz. Olvídame.

Apenas siento un cosquilleo cuando la palma de su mano restalla contra mi mejilla. No tengo capacidad ni para sentirme herido por esto.

- Tu eres el que deja que eso le dañe. Tu eres el que ha elegido dejarse arrastrar en vez de llevar el control. ¿Es que no has aprendido nada?. No te espera liberación al otro lado. Y tampoco a Eliannor en tu ausencia.

Tomo aire entre los dientes apretados. Quiero que se calle. La decisión estaba tomada, estaba seguro de ello, y ahora siento estar esquivando mis responsabilidades, estar escondiéndome como un niño asustado.

- Abraza lo que la vida te ha otorgado. Este es tu camino, tu elijes si lo conviertes en condena o en gloria. El poder conlleva esta responsabilidad… trátalo con respeto, trátate con respeto, Solámbar. Toma lo que es tuyo y pon las cosas en su lugar, has venido a este mundo para eso, no para dejarte morir en medio de la ascensión.

- La jodí… no quiero que vuelva a suceder. Es la única manera de enmendarlo.

- No lo es. Es la manera cobarde de hacerlo. No eres consciente de quien eres. – sus manos me acarician el rostro, están frías al contacto con la piel febril. Me limpia el sudor y me besa. Sus palabras son suaves, un susurro entre sus labios.- Enséñales a todos quien eres, Theron Solámbar. Pon las cosas en su lugar… vuelve a Jaedenar e impón tu voluntad, pon las cosas en su sitio. Eres fuerte y no lo sabes. Convierte en fortaleza lo que crees que te hace débil.

Se aparta. El mundo da vueltas, y ella danza en la habitación vertiginosamente. Siento nauseas. Puede que sea tarde para cambiar de opinión. Puede que… el tacto frío del vial en mis labios desencadena el fuego en mi interior. Me quema la boca, araña mi garganta cuando trago sin poder evitarlo. Reconozco esa sensación, pero está mil veces potenciada, mil veces condensada en el líquido espeso y amargo que desciende hacia mi estómago y cuyo calor abrasivo se esparce por mis venas. Me despierta, me enerva, me altera, me llena de una energía que no puedo contener. Y ahora son sus labios lo que atrapo entre mis dientes, y su saliva la que me alimenta, y ya no razono ni recuerdo, me hundo en la oscura redención que me ofrece, me hundo en ella y me dejo consolar y devorar. Si mi corazón no estalla…

Puede que sí tenga elección

¿Castigo?

La fuerza del tauren me impele hacia atrás y me golpeo contra la pared de arenisca de la torre de vuelo de Orgrimmar. Ravenheart no ha mediado palabra, me ha saludado con el golpe seco de sus pezuñas contra mi pecho, intento hablar con la respiración detenida por el golpe y apenas consigo jadear.

- ¿Qué le has hecho a Xenafte?

Niego con la cabeza. No le tengo miedo y el dolor solo despierta rabia. ¿Cómo se ha atrevido a tocarme?. Sus manos me sostienen con fuerza contra el muro, aprieto los dientes reprimiendo la maldición que se dibuja clara en mi cabeza.

- ¡¿Qué le has hecho, brujo?!
- ¡Suéltame!

Me revuelvo y solo consigo que sus manos me aprieten más. Su aliento caliente me golpea la cara, tiene el pelo erizado en las crines y los ojos le brillan de furia. No me cuesta imaginarme atravesado por esos enormes cuernos negros. Pero no le tengo miedo, y cuando hablo lo hago con toda la tranquilidad de que soy capaz.

- Xenafte aceptó ayudarnos… las cosas no salieron como pensábamos, no fue culpa mía.
- No sé que es lo que habéis hecho, pero está destrozada, y se ha sometido al juicio del consejo de ancianos de Cima del Trueno.- Dice entre dientes, apretándome con más fuerza- Te aprovechaste de la confianza de un hermano y la has traicionado, era tu responsabilidad.

Sus palabras se me enredan en el estómago, aprieto los dientes con fuerza, me duele más la conciencia que el golpe que pretende asestarme. Me debato, se diluyen en mi cabeza las fórmulas de defensa, las palabras que le arrancarían de mi sollozando de miedo, inexplicablemente, solo me debato inútilmente.

- ¡Basta!- La voz grave e imperativa de Iradiel desvía el golpe hacia la pared, una llovizna de gravilla se esparce sobre mi hombro, donde el puño de Ravenheart ha quedado incrustado en la arenisca. Resopla, mirándome con rabia.- Suéltale, Raven, y déjanos solos.

- No vuelvas a dirigirte a mi o a ella como un hermano. No te has comportado como tal. No lo eres ni lo serás jamás.

Me suelta y golpea el suelo con las pezuñas antes de darse la vuelta e inclinarse ante Iradiel. Resbalo hasta el suelo, apoyando la cabeza en la pared y frotándome el rostro con las manos, cuando levanto la mirada hacia Iradiel, solo está él, y la vuelvo a bajar, profundamente avergonzado ante su presencia. Odio que me mire así, me hace sentir pequeño e idiota y me basta con sentirme lo segundo.

-¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué he tenido que enterarme por Xenafte, Theron? Podría haberos ayudado, Nymrodel también era amigo mío. Y me has mantenido al margen.

Me muerdo los labios, el sabor metálico de la sangre me inunda la boca. Me duele la garganta y se me hace difícil hablar, me duele, es como una soga en el cuello.

- Pensé… que te enfurecería.- Me arranco las palabras.- Que no estarías de acuerdo.

Alza una ceja y me mira, incrédulo.

- Habría hecho lo que hubiese hecho falta para liberarle, Theron. Pero escogiste la peor de las opciones, me mantuviste al margen. Quiero que me cuentes que has hecho… que habéis hecho, y por que Xenafte ni siquiera ha podido contármelo.

Aprieto la cabeza contra la pared mientras tomo aire. El nudo sigue ahí, y me obliga a hablar con voz queda y susurrante cuando comienzo a desglosar lo sucedido, ahorrándome profundizar en la procedencia de los libros que trajo Suzanne para ayudarnos. Le hablo del guerrero Sunfury ahogado, del elfo que trajo Elriel, de cómo sacrificamos a un inocente por salvar a nuestro amigo. Me escucha en silencio, y cuando termino me encojo sobre mi mismo, sobre el dolor que se está agazapando en mi vientre, espero la represalia, espero que termine lo que Ravenheart empezó, pero no lo hace, y el dolor sigue ahí, esperando un exorcismo que no se produce.

-Arregla las cosas con Ravenheart. Arregla las cosas con Xenafte. Y no vuelvas a ocultarme nada ¿entendido?.

Asiento en silencio. Su mirada me taladra, decepcionada y apenada, pero se mantiene erguido y digno, embutido en su armadura oscura. Siento ganas de insultarle, de mandarle al demonio y empujarle a cumplir con su maldito trabajo. Pero permanezco en silencio, y me quedo solo con él cuando el Fénix de sangre se da la vuelta y se aleja con pasos seguros.

El rito y la decepción

Me arrebujo en la capa cuando el viento se levanta y azota la hierba alta del trono de los elementos. Permanezco sentado fuera de la zona delimitada por el agua que rodea la suave elevación de tierra en la que Xenafte ha ido colocando los tótems. La he visto bailar durante horas, en círculo, alrededor de las tallas de madera que intuyo representan a los elementos. Ha hecho sonar un cuerno a las cuatro direcciones, hablando con voz suave en el idioma de los tauren, inclinando respetuosamente la cabeza cuando se producía una repuesta que solo ella era capaz de interpretar. Los elementales que pululan cerca del trono se han acercado, y parecen observarnos mientras levantan tierra y viento, danzando al ritmo de la voz que ha empezado a cantar en Taur-ahe.

-Nokee Washte ishte shne po ishte anohe wa alo porah

La voz de la tauren se ha vuelto profunda, se entremezcla con el sonido grave que produce el viento al silbar entre las tallas de piedra y las rocas que se alzan a nuestro alrededor. Xenafte se sienta ante el tambor ornado de plumas y pieles e inicia un ritmo hipnótico y cadencioso.

-Rah eche towa ishamuhale nahe owa pawene

El halcón de Nashidra se detiene y golpea el suelo con las patas en un gesto digno. La maga tira de las riendas con suavidad y se apea, dejando a su montura a su aire mientras hace un gesto hacia el elemental de agua que la acompaña, una mancha negra se trasluce desde su interior, y parece moverse en sus entrañas acuosas.

-No tenía otra manera de inmovilizarlo. – Se excusa con gesto desabrido ante mi expresión sorprendida. – No hubiese venido por las buenas.
-Joder Nashidra, sácalo de ahí antes de que se ahogue.

Xenafte permanece ajena a la conversación, concentrada en su cántico, los tótems empiezan a resonar con una musicalidad extraña y orgánica. Se acerca el momento y siento ganas de golpear a la maga cuando el cuerpo del elfo cae al suelo con un sonido húmedo al desintegrarse el elementar que le envolvía, el pelo mojado se le pega al rostro como regueros de sangre y cuando me agacho a comprobar su pulso ya estoy seguro de que no voy a encontrar nada en ese cuerpo de piel azulada cubierto por la armadura de los sunfury.

-¿Qué coño has hecho? – Espeto en un susurro, intentando no alzar la voz y despertar a Xenafte de su trance. – No tenemos tiempo para conseguir otro, maldita sea, Nashidra.

Ella levanta la cabeza en un gesto orgulloso y aprieta los labios con rabia contenida. Empiezo a desesperarme cuando la voz infantil tras de mi me sobresalta, tranquila y fria.

-Es bueno guardarse un as en la manga. Y yo sabía que Nashidra es una incompetente.

Oigo gruñir a la maga mientras me doy la vuelta y me encuentro con los ojos de Elriel, cubiertos por una pátina de sombras, el corazón casi se me sale del pecho cuando veo al elfo que le acompaña, con la mirada ausente y el pelo rojizo cayéndole en mechones desordenados sobre el rostro pecoso. Su parecido con Nymrodel es escalofriante. Elriel le mantiene agarrado con suavidad, y le acaricia el rostro al hablar casi en susurros:

-Va a ayudarnos… es amigo mío.- Sonríe, y el elfo le mira con los ojos vacíos.

Sé lo que hay que hacer ahora, el círculo aun no se ha cerrado e indico a Elriel apresuradamente que se coloque en el centro. Xenafte sigue golpeando el tambor, con un ritmo que ha ido acelerándose paulatinamente. Siento las corrientes crepitar a nuestro alrededor cuando tomamos posiciones y el elfo de cabellos rojos se tumba en el centro del círculo mientras Elriel sigue susurrándole.

-¿Cómo te llamas?
-Thariel… soy el hijo del herrero. – Susurra, y observa al niño con los ojos transidos. No me es difícil reconocer la presencia de las sombras, el influjo que le mantiene subyugado. – ¿Qué vamos a hacer, Elriel?
-Solo es un juego.

El círculo se ha cerrado. El tambor ha dejado de sonar, pero permanecen los chasquidos, el ulular del viento, el crepitar del fuego y el borboteo del agua a nuestro alrededor. La voz de Xenafte se ha detenido, y observa a Elriel y al muchacho con los ojos bien abiertos. Las fuerzas crecen a nuestro alrededor, y ella está dudando, a través del trance del que no ha salido, sé que intuye lo que sucede… pero ya no podemos detenernos, no vamos a detenernos. Elriel tiene sujeta la piedra contra el pecho del elfo, mantengo la mano extendida mientras las palabras acuden a mi, la sombra se retuerce y los elementos rugen a nuestro alrededor cuando comienzo a tirar de su alma, a reclamarla, y la voz de Xenafte suena rota cuando la alza sobre el estruendo y comienza de nuevo su danza, ahora frenética, casi agónica. Tiro con toda la fuerza de mi voluntad mientras el cristal se va formando en la palma de mi mano y me muerde rabioso, resistiéndose. Elriel acaricia el rostro del elfo mientras se agita y se retuerce de dolor y aprieta la piedra contra su pecho, quebrándola, las fuerzas se condensan a nuestro alrededor, y fluyen hacia el cuerpo que agoniza, se enredan con las hebras resplandecientes que se liberan del cristal al romperse, y mientras este se desfragmenta va creciendo la gema que guardo entre mis dedos, hasta que finalmente la lucha se detiene, el viento nos azota y la tierra se mueve a nuestros pies y al sobrevenir la quietud unos ojos se abren al cielo límpido y un grito desgarrado rompe el espeso silencio.

-¡NOOOOOOO!

El sollozo ahogado se mezcla con el de Elriel, que abraza el cuerpo con fuerza y lo mantiene entre sus brazos mientras se debate débilmente, convulsiona y golpea en todas direcciones como si pretendiese escapar de su antigua prisión. Deslizo la nueva piedra en la faltriquera, con un regusto amargo en la boca y me doy la vuelta, Xenafte se ha arrodillado, las plumas que adornan sus trenzas le caen por delante de la cara, está agotada, y está llorando. Me alejo de ellos, volviendo la mirada de una escena que no me hace sentir aliviado ni feliz. No sé que coño hemos hecho, pero algo no está bien.

Fraternidad

No había bebidas sobre la mesa aquella tarde. Estábamos apiñados en el reservado de la posada, alrededor de una mesa atestada de libros. Elriel con la piedra entre las manos y el rostro cetrino y ojeroso, Nashidra de pié en su eterna tensión que pretendía ser fría e inexpresiva, con los ojos enrojecidos y los puños apretados. Suzanne a mi lado, apartándose los mechones de cabello rojizo que se escapaban del pulcro moño de su nuca, relajada y mirándome con un gesto de cruel complicidad.

-No es tan fácil. Cuerpo, alma y mente están unidos por vínculos indivisibles desde que nacemos. – Respondió mirando a Nashidra, con un tono calmo que parecía burlarse de la implícita ansiedad en las palabras de la maga. – El ritual es complejo y dudo que ninguno de nosotros pueda sacar nada en claro de él, ni siquiera usted, Magistrix.

Nashidra permaneció en silencio, fulminándola con una mirada cargada de ira bajo el frío latente en sus ojos. A mi no me podía ocultar lo que hervía en su interior, sabía que estaba profundamente enamorada de Nymrodel, habíamos hablado de la manera en que lo reclamaba la maga y como él se dejaba arrastrar por ella impelido por una incomprensible necesidad de sanarle las heridas. Se hundían el uno en el otro intentando ahogar sus penas inútilmente.

-Necesitamos un chamán.- Sentenció Elriel, volviendo la mirada de Suzanne a mi.
-Ningún chamán aceptaría participar en algo así, esto va en contra del equilibrio natural, no vamos a conseguir ayuda de ellos.
-Los hermanos se ayudan entre sí, Solámbar.

Chasqueo la lengua y me dejo caer sobre los escalones que bajan hacia la salida del templo. No se si hay mas trols cabreados detrás de nosotros, pero estoy jodidamente cansado y no pienso salir corriendo de ese laberinto de túneles. Xenafte se sienta a mi lado, golpeándome el hombro con un gesto fraternal.

-Llevaba mucho tiempo buscando estas plumas. Gracias por acompañarme, Theron.

Sonríe y sus pequeños ojos oscuros chispean cuando me mira. Les hemos robado las plumas a los chamanes trols del templo, no sé que tienen de especial pero los tauren las buscan y consideran que estarán mejor en sus manos que en las de los siniestros brujos Attalai. No pienso en lo que digo al empezar a hablar tras el instante de silencio en el que recupero el aliento.

-Necesito tu ayuda.
-Theron… – Ya hemos hablado de esto antes, eso es lo que dice su tono de voz.
-Xen… no puede quedarse ahí más tiempo, está sufriendo, sufre un tormento que ni tu ni yo podemos imaginar. Tenemos que ayudarle, y es la única manera.
-Es una aberración, Theron, es un ritual prohibido, y lo es por algo, ni siquiera sabes si funcionará y creeme cuando te digo que puede costarle y costarnos caro a todos.
-Eso es una aberración… ¿y lo que está viviendo no?. No es justo Xen, no es justo que termine así y que sus amigos le den por perdido y le dejen caer en el vacío.
-¿Y crees que la solución es condenar a otro en su lugar? ¿Forzar a los elementos a que creen un vínculo artificial y privar a alguien de su libertad solo por que es nuestro amigo?
-Él no se lo merece. No se merece eso… encontraremos a alguien que sí lo merezca.
-¿Y quien va a juzgar eso? ¿tu?
-Lo juzgaremos todos. Llevamos tiempo luchando en Terrallende… tu has sido testigo de los movimientos de los Illidari y los Sunfury, has visto lo que hacen en Sombraluna y en la Tormenta.

Vuelve la mirada hacia la escalinata que se hunde en la oscuridad, bajando la cabeza y las orejas. Está dudando, la estoy poniendo en una encrucijada difícil pero haré lo necesario por poner las cosas en su lugar. La faltriquera tintinea cuando extraigo una de mis piedras, no recuerdo si es un trol o una araña de Terokkar, tampoco le doy importancia. La agito ante su hocico.

-Ellos ya están condenados, tarde o temprano morirán y el Vacío reclamará lo que es suyo. – Hago crujir la piedra entre mis dedos y la energía comienza a liberarse en suaves zarcillos glaucos y resplandecientes. – Nos tendría que estar agradecido, esto te reduce a la nada… consume tu alma y te libra de ser absorbido por el Torbellino, por una eternidad de pesar y locura. Libraríamos a Nymrodel de un destino que no le pertenece, y libraríamos a alguien que sí pertenece al vacío de tener que enfrentarlo.

El cristal se consume entre mis dedos, la energía que contenía pasa a formar parte de mi. Ya no existe, fuera lo que fuera, se disuelve con un cosquilleo vivificante en mi interior. Y Xenafte me mira, con un brillo trémulo en sus ojos, horrorizada y apenada, y niega con la cabeza en un gesto rendido, apesadumbrado:

-Traemé esos libros… haré lo que pueda.

Elriel y la piedra

- Tienes que ayudarnos.

Su mirada es exigente y fría. La sombra le lame la piel constantemente y tengo la continua impresión de que su presencia hace bajar la temperatura en la estancia del Sagrario. Apenas es un niño, y la rabia que bulle en su mirada haría retroceder a cualquiera. Alza la piedra ante mi mirada incrédula, y repite su demanda, con la voz cortante y empachada de dolor.

- Elriel… ¿que ha pasado?

- ¡Sácale de ahí!

- No puedo.- Le miro a los ojos, tenso, debe haber otra explicación.- Yo sé capturar almas, no liberarlas. ¿Estás seguro de que es él, Elriel?

- Lo vi con mis propios ojos. Un Wendigo le atacó en una de las misiones de exploración. Volvió destrozado al campamento… esos hijos de perra no desperdician nada Theron. Pensaban usarle para sanar a sus tropas.

Se encoge en un gesto de dolor, presionando la piedra contra si como si pudiera brindarle algún consuelo. Elriel solía estar cerca de Nymrodel, su presencia era inquietante y a pocos se les habría pasado el detalle de su relación con las sombras. Su mirada te cuenta algo desgarrador y terrible que contrasta demasiado con su rostro de niño. Está asustado y sobrecogido, hay un brillo desesperado en esos ojos que me exigen ayuda. Me paso las manos por el rostro y niego con la cabeza. Esto no entraba dentro de las posibilidades que había imaginado.

- Si la rompemos se perderá… si permanece demasiado tiempo ahí dentro, enloquecerá.

- Por eso teneis que actuar rápido.

Doy un respingo y vuelvo la mirada hacia las cortinas que se han entreabierto. Reconozco esas facciones de inmediato, el rostro armonioso y de expresión algo altiva y severa, el pelo recogido en un moño impecable en su nuca. La toga ajustada y la breve cintura. ¿Que coño hace aquí la madrastra de Iradiel?. Se inclina ante el sacerdote con un ademán tranquilo y educado, aunque mi mirada la está taladrando con indignación:

- El joven Solámbar sabe donde conseguir ayuda. Solo es cuestión de que lo recuerde.- Se me acelera el corazón, siento un repentino deseo de golpearla y hacerla callar.- Esa cueva guarda una gran sabiduría.

Elriel nos mira a ambos, escondiendo la piedra de alma entre los pliegues de la toga y enlazando los brazos sobre su estómago. Yo me mantengo el silencio. Esa puta sabe lo de Jaedenar y el recuerdo de su imagen pasando ante mi semi desnuda y con el cabello revuelto como una llamarada roja me golpea con una certeza. La agarro del brazo y le espeto a Elriel que espere, mientras la arrastro por la rampa que da acceso al exterior, ella no opone resistencia, y cuando la empujo contra la pared al amparo de la oscuridad del callejón sonrie con suficiencia:

- Vamos… Solámbar, no te pongas nervioso, solo he venido a ayudarte.

- No intentes manipularme, zorra. Yo también te vi allí, y tengo mucho menos que perder que tu. – Le escupo en tono cortante. Apretando sus brazos con las manos cerradas como garras.

- ¿Tan seguro está de eso?… señor Solámbar… está muy mal tontear con las esposas de los Vindicadores.- Murmura, y deja escapar una risilla que me hace apretar la mandíbula de contención.- Pero está mucho peor maldecirlas ¿verdad?. Eso le haría mucho daño a mi hijo…

He aflojado la presa. Su mirada me traspasa como si pudiera ver a través de mi. Se está riendo de mi y el puñal de la vergüenza se me antoja más frio que el de la culpabilidad.

- Bien… ahora suéltame, y déjame ayudaros. Tenemos que apoyarnos entre nosotros. ¿No estás de acuerdo?

La Ciudadela

Los rugidos de los orcos quedan ahogados bajo la explosión del fuego y la sombra, la luz y el acero. Ravenheart e Iradiel se abren paso blandiendo sus armas, la sangre de los viles comienza a manchar el suelo de piedra en abanicos negruzcos. Es la primera vez que piso la Ciudadela y la presencia inconmensurable que he podido sentir durante todas estas semanas en estas tierras resecas se hace patente, llena el aire con la ira de una bestia enjaulada y me golpea vivificando mis propias Sombras. Sé por que no puedo dejar de pensar en esto, sé por que las maldiciones son más mordientes hoy y por que los golpes apenas me duelen.

- ¡No te acerques tanto, brujo!, y relájate o acabarás hiriendo a quien no debes.

Maldito imbécil. ¿Que coño le dijiste para que se fuera de esta manera?. Una nueva bola de Sombras cruza silbando el espacio que me separa de la lucha. Mi voz se está volviendo por momentos más cortante, más segura y agresiva. Siento el impulso de escupir al paladín y regalarle una de mis bendiciones, quiero que el jodido Kirathael se retuerza de dolor en el suelo. Tiene suerte de resultar útil a pesar de ser gilipollas. La luz tintinea, y el crugido del hacha de Iradiel contra el craneo del último de los guerreros que guardaban el puente nos da el aviso. Nos ponemos en guardia al acceder a la plaza elevada que es sobrevolada por un enorme dragón. Me cuesta respirar, Betún se revuelve a mi lado y gruñe, si no baja pronto el jodido dragón con su jodido jinete no podré evitar que ataque al sanador… no querré evitarlo.

Al norte. Ni más ni menos que al puto norte. Eres idiota, Nymrodel. Aprieto los dientes, tengo la carta grabada en la memoria, hace días que me la repito a pesar de haberla destruido, maldigo cada vez que me ha llamado amigo en ella, ni siquiera ha tenido los cojones de despedirse como es debido, de venir y decirme a la cara que es mi amigo pero se va a largar al culo del mundo a que se lo coma la plaga por que no es capaz de soportar el rechazo del imbécil de su maestro.

- ¡Vamos, vamos!.- Me está empujando hacia la plaza. Voy a volverme para espetarle que no me toque cuando el orco salta de la grupa del reptil blandiendo un hacha descomunal que proyecta hacia el tauren, y el sonido chirriante del escudo al parar el golpe me hace volverme y derramar la ira sobre el enemigo en forma de fuego y sombra. Se me están enroscando en el estómago, comienzan a invadir mi cuerpo en un ardor que pronto prende en las runas de mi piel. Betún se cierne sobre el cuello del orco cuando este cae bajo las armas, desgarra piel y rompe hueso. Ravenheart recibe el primer embite del dragón, su pelaje prende con rapidez, pero el tauren semeja una roca inamovible. Iradiel no reza, sentencia con severidad y doblega a la Luz a impartir su justicia, los golpes de su hacha son furiosos y hacen saltar escamas y sangre. Eliannor se mantiene a distancia, concentrada, recitando los hechizos que llaman al fuego. Y el jodido Kirathael no deja de gritarme… la luz tintinea y sana las quemaduras, pero no es el fuego del dragón lo que me está consumiendo, es el mio propio, el que también se alimenta del reptil que se debate ante nosotros y hace inflamarse el suelo a su alrededor. He dejado de ver tras la neblina roja, soy fuego y sombra, y rabia y hambre y no me detengo hasta que la vida del magnifico animal se consume y cae haciendo temblar la enorme estructura de la plaza. Doy un traspié y los brazos de Eliannor me reciben, frescos y suaves. Me sonríe cuando Iradiel baja de un salto del dragón, habiendo arrancado el hacha ensangrentada de la testa del animal. Sus ojos nos miran con orgullo y suficiencia y sonrie al llevarse el hacha al hombro.

- Raven, corta una de las garras, la llevaremos como prueba de muerte. Por hoy ha sido suficiente, lo habeis hecho bien, descansaremos hasta la próxima incursión.

Kirathael me mira con evidente desprecio antes de colgarse la maza del cinto y darse la vuelta con un gesto airado. Estoy demasiado agotado para decirle nada, demasiado agotado incluso para recordar cuanto le odio, y ya empiezan a arderme los ojos de fiebre.

Advertencias

Hemos oído ese sonido repetirse desde que saliéramos de Thrallmar. Es un rugido metálico, como una suerte de cuerno de batalla que te hiela la sangre en las venas y hace repiquetear las piedras contra el suelo agrietado. Respiro a bocanadas, siento ganas de gritar y correr, invadido por la energía que se cuela por mis poros, que campa en el ambiente en corrientes casi visibles. Me siento vivo, y la voz de Iradiel se me antoja irreal. Abre la comitiva, unos pasos más adelante, flanqueado por Ravenheart, un enorme tauren negro, y Kirathael, que mantiene el escudo preparado y la mirada atenta sobre su montura. Eliannor cabalga a nuestro lado, junto a Ydorn, que se mantiene en un silencio fascinado, golpeado seguramente por el mismo torrente de sensaciones que yo. Hace apenas unas horas que hemos cruzado el Portal Oscuro, no se nos hace difícil creer que transitamos sobre un terruño que flota entre las estrellas, suspendido en la nada. El cielo nocturno se abre sobre nosotros a un sinfín de mundos que giran en el vacío, cuando los observo me da la sensación de que voy a caer hacia ellos, me siento ingrávido, sé que podría llegar al cielo si saltase con la fuerza suficiente.

-Eso es el Atracador. – Acierto a escuchar a Iradiel, antes de que el rugido se trague su voz y la tierra tiemble de nuevo. – No os acerquéis.

El Fénix dirige una mirada a sus compañeros, que asienten casi al unísono. No sé que pretenden, de hecho ni siquiera les estoy mirando, mis ojos no aciertan a creer lo que ven acercarse hacia nosotros, con pasos mecánicos y traqueteantes. Un ingenio de descomunal altura quiebra la tierra con cada paso, su figura recuerda vagamente a un guerrero embutido en una extraña armadura. Va dejando tras de sí una estela de humo verde, que surge intermitente de unos enormes tubos que nacen en su espalda, y el horrible yelmo parece sonreírnos con las fauces abiertas y rebosantes de la vil energía de la Legión. Su rugido amenaza con hacernos estallar los tímpanos con cada paso que acorta las distancias. Eliannor espolea a su caballo y nos hace un gesto para que la sigamos, con una expresión decidida y segura en el rostro. Pero las arengas de Iradiel me hacen volverme, los caballeros y el guerrero tauren están lanzándose a por el monstruoso Atracador, que alza uno de sus enormes pies dispuesto a aplastarlos. Les oigo gritarle desde nuestra posición. Pero es Eliannor la que grita cuando me pongo en movimiento.

-¡THERON! ¡VOLVED HACIA THRALLMAR!

Malsueño sale al galope. No se en que estoy pensando, me hierve la sangre y espoleo a la pesadilla como si me fuera la vida en llegar a los pies de la criatura de metal vil. Desmonto de un salto, Iradiel y los demás siguen sobre las monturas, dando vueltas al Atracador que maniobra intentando pisotearles. Levanto las manos, ni siquiera me sorprendo por la facilidad con la que puedo invocar, el fuego arde entre mis dedos y explosiona y llueve y golpea. Una de las enormes botas de metal cae a peso sobre el suelo, que tiembla y se abre a mis pies haciéndome perder el equilibrio, me estrello contra la roca rojiza, el dolor me muerde la espalda por la fuerza con la que he sido impulsado hacia atrás.

-¡RAVEN, KIRA, INTENTAD LLEVÁROSlO!

Iradiel grita y oigo los cascos de los caballos a mi alrededor. De nuevo el golpe de un paso que resquebraja la tierra. La humareda rojiza y verde no me deja respirar y no consigo llamar a la pesadilla para alejarme de allí. El rugido se produce justo sobre mi, levanto la mirada al ponerme en pie y algo tira de mi capa con una fuerza innegable. Me golpeo contra el metal de la armadura que cubre al caballo. Una mano me sujeta con fuerza, con demasiada fuerza, me aplasta contra el animal que galopa desesperado entre la humareda.

-¿¡Que parte de NO OS ACERQUEIS no entendiste!? ¡Maldita sea Theron!

Trago saliva y me sujeto al corcel. Estoy dolorido y siento un repentino regusto a miedo en el paladar, tan tarde que comienza a entremezclarse con la vergüenza. Sé que les he puesto en peligro. Cuando Iradiel me empuja y desmonto apenas soy capaz de balbucear una disculpa. Eliannor me mira preocupada, con la expresión de quien reprime un gesto de consuelo, suspira aliviada y calma a Iradiel.

-Se acostumbrará a esto. Como todos. Todos hemos sido prudentes aquí… y todos hemos cometido nuestros errores.

Entiendo de pronto la advertencia que nos hicieran antes de cruzar el Portal. En Terrallende la energía fluye descontrolada, no solo es cuestión de sentido común el enfrentarse a ella con una prudencia máxima… para los nuestros es una cuestión de voluntad. Y cuando miro a Iradiel veo mis propias dudas reflejarse en sus ojos, que me miran con la preocupación soterrada bajo la decepción.